Nota: Hasta que leí el libro de Ricardo Herren desconocía que araucanos y mapuches eran el mismo pueblo, obviamente también desconocía que de las dos denominaciones los interesados prefieren ser denominados mapuches. En la wikipedia en español, en la entrada mapuches o araucanos, hay unos breves apuntes (y varios enlaces) a la controversia sobre el nombre.
Cuenta Ricardo Herren en Indios Carapálidas que el territorio chileno fue pródigo en cambio de lealtades. El lugar no ofrecía los recursos auríferos de otras zonas de América y los combativos mapuches hacían la conquista mucho más difícil de manera que eran pocos los que querían probar fortuna en aquel
territorio y los fuertes españoles se poblaron con aquellos a los que no les quedaba más remedio que ir (delincuentes, penados y prófugos). Algunos de ellos vieron en el cruce del río Bío-Bío, durante siglos la frontera entre el territorio cristiano y el aborigen, la posibilidad de optar a una nueva vida bastante más atractiva que la de los presidios y fuertes españoles. Entre estos fugados hubo huídos que una vez en territorio indio no se limitaron a desaparecer sino que se armaron y atacaron a los que hasta hace poco eran sus compatriotas. Resentimientos personales, querellas con la religión, desilusión con su propio mundo, afán de aventuras y enriquecimiento a través del botín son algunas de las razones que se dan para explicar estos comportamientos. Además los mapuches solían recibir con los brazos abiertos a los renegados. Valoraban sus conocimientos sobre estrategia y su tecnología bélica, pero también sus conocimientos en artes industriales como la herrería, la sastrería, la zapatería, la fabricación de bebidas y alimentos, y hasta la sombrerería, como fue el caso de Gaspar Álvarez que en tierras de indios se dedicó a producir tocados para cubrir sus cabezas.
Las andanzas de aquellos que cambiaron de bando fueron recogidos por los cronistas. Se menciona al español Juan Sánchez, que había sido “caudillo en muchas correrías” y desde años atrás peleaba con los indios, que acabó rindiéndose al gobernador García Ramón Hurtado de Mendoza cuando se enteró de que se estaba preparando un contingente de tres mil soldados para enfrentarse a los mapuches. Más confusa es la historia de Francisco Fris, quizá sólo un cautivo que no participó en ninguna confrontación bélica contra sus compatriotas. En 1645 se entregó pacíficamente en Arauco, junto con otros mapuches. El cronista advierte que llegó con muchos hijos y esposas y se le obligó a elegir a una y casarse con ella por la iglesia. Del español Francisco Martín sabemos que murió de un arcabuzazo cuando atacó al frente de los mapuches el fuerte de Nacimiento, a orillas del río Bío-Bio.
Sin embargo el personaje más singular fue el sacerdote Juan Barba, que se pasó al bando mapuche durante el asalto de éstos a la ciudad de la Imperial. Una vez entre ellos se dedicó a desevangelizar a los indios, predicándoles el rechazo y el odio contra todo lo que había defendido antes. El padre Barba peleó contra los españoles en el asalto a la ciudad de Osorno y, cuando lograron ocupar la plaza, se metió en la iglesia catedral y allí se dedicó a perpetrar sacrilegios con cuanto objeto sagrado encontró.
Hubo también cautivos, el hijo de Juan García Tenorio, un famoso soldado de la conquista de Chile, fue capturado en el fuerte de Paicavi y convivió durante dos años con los mapuches. Se fugó cuando tuvo oportunidad y se encaminó a la ciudad de Santiago pero harto de la guerra para evitar reincorporarse al ejército no cambió su atuendo indio y continuó “disfrazado” de mapuche. Sin embargo no faltaron quienes aseguraron que se trataba de un indio de su encomienda y quisieron reducirlo a la servidumbre, asustado, buscó testigos que lo conocieran y dieran fe de su origen español, incluso el vicario del fuerte Paicavi confirmó su identidad. Ninguna de estas pruebas pareció convencer a las autoridades y:
Aburrido, viendo que no valía su justicia, se valió de sus pies y de su diligencia y se fue por ese mundo adelante
Posiblemente de vuelta con los mapuches.
El relato más extenso del cautiverio entre mapuches lo da Francisco Nuñez de Pineda y Bascuñán, hijo de Alvaro Nuñez de Pineda y Bascuñán uno de los maestres de campo españoles más temidos y respetados por los indios. Soldado desde los catorce años, inteligente, hábil, valiente (entraba en combate al grito de “¡Inche Álvaro!”, “Aquí está Álvaro” o “Yo soy Álvaro”), de conducta intachable y generosa con el enemigo cuando Francisco, su único hijo varón, ingreso en el ejército y por méritos paternos le ofrecieron al joven el rango del capitán su padre se opuso terminantemente: “quien no ha aprendido a obedecer era imposible que supiese bien mandar”. En plena escalada de rangos estaba el joven Francisco cuando en un combate con los mapuches en Las Cangrejeras un golpe de macana lo derribó y lo convirtió en prisionero del cacique Maulicán durante seis meses.
Durante su cautiverio Francisco o Pichi Álvaro, “Pequeño Álvaro”, comprobó que había demasiadas cosas en la sociedad mapuche que la hacían atractiva para algunos españoles, principalmente el “ocio y el vicio”:
Estos naturales de Chile no se les ha conocido más ídolos por su dios que el ocio, el comer y el beber y el de la carnalidad, que es el peor y el más difícil de apartarlos de él, porque son como piedras empedernidas en estos vicios.
La chicha de maiz, las danzas, la música, la comida, las fiestas rituales, los baños matinales, las mujeres desnudas… todo escandaliza al joven Francisco que dice huir de las tentaciones especialmente de la hija mestiza del cacique a la que éste ofrece en matrimonio:
Contemplemos un rato la tentación tan fuerte que en semejante lance el espíritu maligno me puso por delante: a una mujer desnuda, blanca y limpia. Con unos ojos negros y espaciosos, las pestañas largas, cejas en arco, que del Cupido dios tiraban flechas, el cabello tan largo y tan tupido que le pudo servir de cobertera, tendido por delante hasta las piernas y otras particulares circunstancias
Pichi Alvaro evita a la joven pero procurando no enfadar a sus pretendidos suegros, una indisposición urgente de tripas o una borrachera feroz son excusas de las que se vale para no acabar en el lecho de la joven mapuche.
Tras su liberación, en un canje realizado en el fuerte Nacimiento, continuó con su carrera militar, se caso, tuvo numerosos hijos y llegó a ser maestre de campo como su padre. Cuando era un sexagenario escribió Cautiverio feliz y razón de las guerras dilatadas de Chile, que además de ser unas memorias de su captura era un contundente alegato contra el hostigamiento y la explotación feroz que se hacía de los mapuches que dilataba el conflicto e impedía que se le diera fin:
porque, aunque no quede más que un indio solo, ése ha de andar con las armas en las manos y perecer con ellas antes que vivir sujeto
Herren lamenta que esta obra posea un estilo pesado, lleno de digresiones moralizantes sobre historia bíblica y citas de filósofos griegos y romanos “que cortan el hilo de la narración y convierten su libro en un plomazo, capaz de aburrir y exasperar a las ovejas”.
Libro:
Indios carapálidas, Ricardo Herren
Enlace:
Cautiverio feliz y razón de las guerras dilatadas de Chile