lrich von Liechtenstein (1200 – 1278), poeta (minnesanger) y caballero medieval, autor de la “Frauendienst” (Al Servicio de la Mujer) una colección de poemas, supuestamente autobiográficos, escritos según las reglas de comportamiento del amor cortés. Siendo paje se enamoró de una dama de altísima alcurnia cuya identidad se desconoce aunque algunos autores infieren que podía tratarse de la esposa de Leopoldo VI de Austria. Una devoción que le llevaba a beberse el agua en la que ella se había lavado las manos pero que llegó a enfermedad mental grave cuando fue nombrado caballero.
Una vez investido de las órdenes de caballería solicito por medio de una tia suya, y amiga de la dama, convertirse en su servidor. Apoyaba su petición en abundantes poemas que eran aceptados por la dama pero con indicaciones de que no lo necesitaba para nada. Sin embargo Ulrich no se desanimó al entender que esta seguía las reglas del amor cortés que indicaban “rehusar, pero sin quitar al enamorado todas las esperanzas, para que este se debatiera en constantes dudas”.
Pronto las negativas adquirieron un tono más hiriente:
Aun cuando tu sobrino fuese digno de mi por su alcurnia, tampoco querría saber nada de él, pues tiene el labio superior demasiado feo por prominente.
Enterado de las críticas el enamorado acudió a un cirujano de Graz que por una crecida suma le disminuyó el tamaño del labio. La operación de cirugía estética lo dejó medio año encamado debido a que la herida no cicatrizaba correctamente, en ese espacio de tiempo y debido a las dificultades que tenía para comer y beber:
Mi cuerpo sufría indeciblemente pero mi corazón se sentía feliz.
Esa felicidad creció cuando en una carta a su tía de su adorada dama este le indicaba que cambiaba de residencia y la invitaba a acompañarla:
Puedes traer contigo a tu sobrino, pero sólo para que yo pueda ver el labio tan habilmente arreglado, y por nada más…
Cuenta que durante esta visita salen a dar un paseo a caballo, un paseo en el cual la escolta de la dama establece un amplio margen de separación. Ulrich se intenta aprovechar de esa “soledad” pero cuando acerca su caballo ella le pide que se aleje, tras varios intentos cede finalmente a su compañía pero él, con la emoción, no consigue articular palabra. Sólo cuando termina el paseo despierta de su letargo para ayudarla a bajar del caballo, momento que aprovecha la amazona para arrancarle un mechón de pelo mientras le susurra: “Esto, ¡por tu cobardía!”.
Azorado por la situación dicta un nuevo poema destinado a “la Buena, la Pura, la Dulce”, pronto le llega la breve respuesta: el que anhela cosas prohibidas reniega en realidad de si mismo. Von Liechtenstein pasa a la acción y decide que la mejor manera de hacerse digno de ella es romper lanzas, vencer torneos en honor de su dama. Pelea en cien combates sin ninguna derrota pero en una ocasión la lanza de un adversario casi le arranca el dedo meñique, acudió de nuevo a un cirujano que tras grandes esfuerzos consiguió que no lo perdiera y, aunque torcido, el dedo volvió a “soldarse” en la mano. Parte un mensajero para contar las victorias en los duelos e incluso el accidente del meñique:
¡No es verdad! Todo eso son mentiras. Sé de muy buena tinta que tiene incólume su dedo meñique, y no le pasa nada en definitiva…
Entristecido por la respuesta de “la Buena, la Pura, la Dulce” el caballero se amputa el dedo, dicta poesías que encuaderna en terciopelo verde con un broche de oro representando al meñique y manda en el interior del estuche el dedo cortado.
“¡Oh! ¡Jamás habría podido creer que una persona fuera capaz de tan mostruosa estupidez” -dice ella cuando recibe el “regalo”, pero también:
Puedes decírselo a quien te te manda que su libro lo guardaré en mi arca, y que contemplaré todos los días el dedo meñique; mas no por eso debe creer que haya llegado más cerca a su meta que el espesor de un cabello, pues aun cuando me sirviese durante mil años, todas sus fatigas serían completamente inútiles.
Ulrich von Liechtenstein emprende una peregrinación a Roma, ciudad a la que nunca llega porque se detiene en Venecia a comprar ropa de mujer (faldillas, corpiños, capas de terciopelo…), artículos de tocador femenino y dos largas trenzas adornadas con perlas auténticas. Pero no son regalos para “la Buena, la Pura, la Dulce”, son para él. Regresa al hogar y traza un itinerario que recorre antes un heraldo anunciando que pronto pasará un caballero que irá oculto, vestido de mujer como la “propia diosa Venus, divinidad del amor”. Dice la misiva que prepara el camino:
La Reina Venus, diosa del amor: saludo a todos los caballeros de la región. Os comunicamos que os visitaremos personalmente con objeto de enseñar a todos y a cada uno de los nobles caballeros de esa región cómo se debe servir a las damas y conquistar su corazón. Os comunico que partiré el día de San Jorge, de la ciudad de Mestre, dirigiéndome a Bohemia, y a cada caballero dispuesto a romper una lanza conmigo, le gratificaré con un anillo de oro. El caballero deseoso de medir sus armas con las mías deberá enviar el anillo a la dama de su corazón: dicho anillo posee fuerza mágica, y toda dama que lo reciba quedará encendida sin demora en amor hacia el que se lo manda. Sin embargo, en el caso de que el caballero en cuestión quedase vencido cayendo de su silla bajo la arremetida de la diosa Venus, tendrá la obligación de ejecutar reverencias hacia los cuatro vientos, en honor de una dama determinada. Durante todo el trayecto, el rostro de la diosa Venus quedará velado a los ojos de todo el mundo. Todo caballero que, enterado de nuestra llegada, rehusase romper lanza con ella, será considerado por la Reina Venus como excluido del reino del amor, entregándolo al menosprecio de toda dama distinguida.
Ulrich, vestido de mujer y con trenzas, poniendose coraza y yelmo sólo en el momento del torneo, rompió 307 lanzas, atrajo multitudes con su “espectaculo” e incluso llegó a batirse con un caballero de Eslovenia tambien vestido de mujer. En la llegada a la ciudades iba a comulgar a misa con los pasitos femeninos que le permitían sus vestidos, se colocaba en la zona de las mujeres y con frecuencia era cubierto de rosas y agasajado con joyas por los criados de damas desconocidas que expresaban así su devoción por la “diosa Venus”.

Este “tour” parece que ablandó un poco el corazón de la dama de sus desvelos que le hizo llegar un obsequio:
Te manda decir que se alegra de tu gloria, y que de ahora en adelante está dispuesta a aceptar tus servicios. Como prenda de ello, te envia un anillo.
¡Albricias! Ulrich cae de rodillas, besa el anillo, contentísimo está la ex-diosa Venus. Pero le dura poco las alegrías, otro día llega un mensajero con un nuevo mensaje de “la Buena, la Pura, la Dulce”:
Tu dama se ha enterado que le has sido infiel con otras damas. Está fuera de si de cólera, y te manda decir que le devuelvas inmediatamente su anillo, pues no eres digno de lucirlo en el dedo.
Llantos, muchos llantos. Incluso el gobernador del castillo donde se alojaba se conmovió de la desgracia y lloró con él. Tanta era su desgracia que intentó consolarse con su esposa:
Me separé mortalmente entristecido del mensajero. Luego visité a mi amada esposa, que es la persona a quien más quiero en este mundo, si bien tengo escogida otra como dama de mi corazón. Pasé junto a ella diez días muy felices, y luego salí nuevamente de viaje con mi dolor…
El amor cortés era complicado, posiblemente la mujer de Ulrich tuviera otro cortejador al que le hacía la vida tan difícil como se lo estaban haciendo a su marido.
Más poemas. La dama cede, le perdona y quiere verlo. Pero no hay que levantar sospechas, le recomienda al caballero que se deshaga de sus ricas ropas, se disfrace de mendigo y se mezcle con los leprosos que piden limosna a la puerta del castillo. Ella le hará una señal cuando esté preparada para verlo. Dicho y hecho, pasa frio y se moja con la lluvia hasta que una noche desde una ventana le caen las sábanas atadas que le dan acceso a la alcoba de “la Buena, la Pura, la Dulce”. Una vez dentro frases de devoción, muy hermosas, pero Ulrich quiere el máximo premio, el Beiliegen auf Glauben (”Yacer juntos, a fe”). Consistía en el permiso de acostarse con la dama exclusivamente “dentro de los límites de la honradez y el honor”, tras jurar que no se le ocurriría atentar contra la virtud de la mujer. Ella se muestra de acuerdo pero quiere a cambio un último gesto de devoción: debe permitir que lo descuelguen con las sábanas por la ventana, sólo un poquito. Ulrich da muestras de mínima sensatez y accede sólo con la condición de que le permita asir una de sus manos mientras lo descuelgan. Forman una bonita estampa de amor ventanero que se mejora notablemente cuando ella le dice:
- Veo que has merecido tu premio; bésame, pues…
Tras incontables sufrimientos el caballero está a punto de recoger alguno de los frutos, pero para besarla Ulrich le suelta la mano y cuando lo hace, ceden las sábanas. Quizás fuera un accidente, piensa magullado en el suelo, pero entonces… ¿por qué han recogido las sábanas? De todas maneras no fue el final, hubo excusas poco convincentes de “la Buena, etc.” y nuevos poemas de Ulrich von Liechtenstein. Sin embargo ocurrió algo, algo que el caballero no menciona pero que debió ser una villanía extraordinaria pues según su relato “sólo un demente continuaría sirviendo indefinidamente allí donde no puede esperar el menor premio a su fidelidad”.
Libro:
Historia de la estupidez humana, Istvan Rath-Vegh. Aunque el relato también aparece en los libros de idéntico tema de Pedro Voltes y Paul Tabori.
Imagen:
Sacada de la Wikipedia y procedente del Manasse-Kodex, representa a Ulrich con la diosa Venus en su casco.