La liga constitucional
La ropa interior ha jugado siempre varios papeles: funcional, erótico, social… y hasta de expresión de rebeldía. En España, en el Trienio Constitucional (1820-23), las damas partidarias lucían verdes y ceñidas ligas que, primorosamente, a la manera de la llorada Mariana Pineda, habían bordado con el lema: “Constitución o muerte”
Encajes y guerras
Distintos investigadores de la historia del vestido insisten en establecer una correlación directa entre los avatares de la vida social y política con la sencillez, o el refinamiento, de la ropa íntima femenina. Así, los períodos de paz y bienestar económico verían florecer bordados, encajes y pasacintas por doquier. Para otros como Robida ["Vingtième siècle], por ejemplo, es principalmente el período de posguerra el que provoca sugestivas novedades en la lencería íntima. Porque, entre otras cosas, “hay que volver a repoblar la tierra…”. Afirmación rebatida décadas más tarde por Jacques Laurent [L'Histoire imprévue des dessous féminins], quien señala que los 25 años anteriores a la guerra del 14 conocieron un refinamiento que jamás se ha vuelto a vivir, mientras las posguerras del 14 y 39 llevaban a una simplificación casi espartana en la lencería.
Chemises à trou
Françoise Loux, en su estudio “Le corps dans la societé traditionnelle”, Berger-Levrault, 1979, constata la existencia de las llamadas “chemises à trou”, “camisas con agujero estratégico”, bordado con letanías tales como “Ave María” o “Dios lo quiere”. Expresión fehaciente de toda aquella historia eclesiástica de “los derechos del marido” que tanto ha encolerizado a las feministas de todas las épocas.
Por las buenas no.
En la época en que, en Londrés, Lady Hamilton recibía en su casa a ilustres lores y ladys como amante del Almirante Nelson, una noble española, Maria Ignacia Idiáquez era internada (como primera medida) en un convento por pactar amistosamente con su marido el conde de Teba una separación por mutuo acuerdo. La Inquisión, en este caso, no hizo sino atender la ignorante voz de la plebe, e ilustrados inteligentes como el conde de Cabarrús no pudieron evitar tan doloroso castigo. Claro que su hija, Teresa Cabarrús, por si acaso se largaba a vivir su vida a Francia.
El polisón
A partir del 1865, se inventa un nuevo “pastiche” de tamaño más reducido, que se asienta bajo la la cintura y eleva como un cojín la espalda, desde la cintura hasta la base de los riñones: el el “cul” francés, el “bump” o “rump” inglés, el “polisón” español. Aparte, el corsé, mientras tanto, sigue ganando terreno y alisa como un plato el abdomen femenino mientras realza los senos. La mujer de finales del Imperio presenta así una estructura similar al reloj de arena con dos puntos realzados: el pecho y las nalgas.
Bustles – Fashion History: Recopilación de artilugios que se empleaban para realzar el trasero, otras secciones de la web tampoco tienen desperdicio.
La música y la espalda liberada
Reconozco que siempre me sorprendió mucho, cuando veía diseños de Erté para “Harper’s Bazaar”, o de Leo o Fontan en “La Vie Parisienne”, la profunda inmersión en la cintura, y a veces hasta la cadera, de unos escotes profundos, en uve, que dejaban toda una espalda liberada, por primera vez, de corsés y ballenas, al descubierto. Un buen día, leyendo un libro sobre los orígenes del jazz, entendí de golpe el porqué de concentrar la atención en la espalda de la dama. Era lo único que se mostraba al respetable público que, languidamente sentado en su silla, saboreaba su copa de coñac, o su buen burdeos, gracias a la buena costumbre francesa de servir vino en las salas de baile.
Libro:
Piel de angel – Historias de la ropa interior femenina, Lola Gavarrón
Sobre el libro:
[De las solapas interiores] “Este libro, que usted, amable lector, tiene ahora en sus manos, no pretende otra cosa que airear y sacar a relucir lo extraordinario de las cosas más absolutamente cotidianas y familiarizadas con nuestra vida. Porque, en esa prenda que automáticamente nos ponemos cada día, sin saberlo, nos estamos
poniendo siglos de evolución, refinamiento y hasta de luchas por una mayor libertad. Esa prenda es el eslabón contemporáneo de una cadena que jamás se detiene y que nos remite constantemente a lo que fue antes y a lo que será mañana. Esas prendas, y sus posibilidades, funcionales o no, eróticas o no, son el tributo que pagamos por nuestra insondable pertenencia a una época determinada, y no a otra”, escribe Lola Gavarrón en la “Puesta en escena” de este libro.
Así, la autora nos obliga, de entrada, a leer estas historias de trapos en el contexto histórico de la Cultura. Hecho insólito en un país, donde ésta ha sido siempre contemplada desde severas tribunas, poco inclinadas a la consideración de semejantes hechos, aparentemente futiles, aunque no por ello menos ilustrativos, esclarecedores, y aleccionadores. Porque “es precisamente en el terreno de lo oculto, de lo no visible, de lo que se sugiere, pero no se enseña, donde mejor se aprecian las diferencias nacionales por un lado y de clase por el otro”…
Aprendemos así muchas cosas: por ejemplo, que la historia de la ropa interior femenina empieza y termina -al menos hasta ahora- “en pañales, o sea sans-culottes”; en pelota, vaya, o casi; que quienes han marcado la pauta, transgrediendo leyes y tribunales e imponiendo nuevas estéticas y modos de vida a este mundo cerrado y mudo han sido las mujeres de mal vivir (que fueron precisamente las que mejor se lo pasaron); que la ropa, los muebles y el diseño arquitectónico han evolucionado siempre juntos; que la ropa interior, no sólo ha desempeñado papeles de higiene y seducción, sino también de expresión de rebeldía; y finalmente, que, nos guste o no, casi siempre, la parafernalia íntima de la mujer ha sido y seguirá siendo, abierta o cerrada, o bien aquello que árbitros de todas las índoles les impongan a las mujeres, o bien aquello que ellas elijan…