El siglo XIX se caracteriza por un sistema supuestamente enriquecedor pero en realidad exagerado de confinamiento solitario, englobado en la Ley de Prisiones de 1839 como parte de la polÃtica oficial del Gobierno: “Todo preso debe ser confinado en solitario durante la totalidad o parte del perÃodo de reclusión”.
El objetivo era el beneficio moral permanente de los presos, que se lograba al prevenir la contaminación que generaban los otros presos. La idea procedÃa del intenso interés que despertó el todavÃa menos moderado sistema de silencio estadounidense, un régimen que obligaba a los reclusos a permanecer mudos el tiempo que duraba su condena mientras reflexionaban sobre sus pecados. Pero los inspectores de prisiones ingleses rechazaron el modelo estadounidense porque tenÃa una grave desventaja: era inaplicable. En lugar de ello el Ministerio de Interior optó por el sistema de aislamiento y a tal fin construyó la PenitenciarÃa Modelo de Pentonville, más parecida a un instituto de presidiarios, que alardeaba de poseer 500 celdas individuales de una amplitud aceptable, cada una con retrete propio.
El hecho de que Pentonville fuera descrita con acierto como “la culminación de tres generaciones de pensamiento” proporciona una percepción tan nueva como eficaz de la condición humana. A los presos se les aislaba rigurosamente en una soledad permanente, y todos se ajustaban por igual a la inflexible rutina cotidiana de doce horas de trabajos reiterativos. Se les conocÃa y se les llamaba sólo por sus números, y cuando salÃan de la celda estaban obligados a ponerse una capucha negra. AsÃ, de incógnito e incomunicados, se les privaba de todo contacto humano.
En la reunión diaria en la capilla, cada hombre ocupaba su propia casilla, una especie de cajón vertical que impedÃa que desviasen la mirada a izquierda o a derecha, de modo que únicamente podÃan mirar hacia adelante, donde estaba el predicador. Los reclusos abandonaban uno a uno el servicio divino, en una secuencia dictada por un silencioso numerador central. Ni siquiera los guardias conocÃan el nombre de los presos ni el motivo por el que habÃan sido condenados; la suela de los zapatos era de fieltro a fin de que no se oyera ni el sonido de los pasos, y no estaba permitido recibir cartas. La concesión inicial de una visita de quince minutos cada tres meses por parte de alguien procedente del mundo exterior se redujo a la más ideológicamente pura de veinte minutos dos veces al año.
Las consecuencias fueron imprevisibles. El promedio de casos de demencia registrado en Pentonville fue diez veces mayor que el de cualquier otra institución penitenciaria británica. En palabras de Ken Smith, autor del libro titulado “Inside Time” (Tiempo interior): “Después de la experiencia, se descubrió que en su mayorÃa los presos se habÃan convertido prácticamente en idiotas”. En 1861 el reverendo John Clay, capellán de Preston Gaol, dijo lo mismo con otras palabras: “Por regla general, el confinamiento durante unos meses en celdas individuales vuelven al preso extrañamente sensible. El capellán puede hacer que un bracero musculoso llore como un niño; puede manipular sus sentimientos como le parezca [...] y puede hacer que repita sus frases”.
La experiencia se consideró tan satisfactoria que el sistema fue un modelo para los penalistas progresistas de todas partes: en 1848, el otro lado del globo, en Port Arthur, Australia, se construyó una réplica exacta, aunque de menores proporciones.
Enlaces relacionados:
Trabajos carcelarios victorianos
Libro:
Diccionario del crimen, Oliver Cyriax

05/27/08 a las 10:24 am |
InteresantÃsimo, Arc.
…hace pensar que, como dijo el sabio: “nada nuevo hay bajo el sol”. Ese sistema se parece mucho -tristemente- al que se usa hoy en dÃa (y del que tenemos tantos desgraciados datos… tras los atentados de las Torres Gemelas).
Es aterrador cómo, con esa cierta impunidad que da el integrismo cientÃfico (tan siamés del religioso) se han cometido y cometen verdaderos crÃmenes contra la ética más fundamental y contra los hombres.
En éste blog tuyo hay una colección admirable de textos recopilados en los que podrÃa ejemplificarse cómo, en nombre del conocimiento, se han perpetrado los más horrendos actos. Y cómo estos se repiten, con razón de continuidad, desde el principio de los tiempos.
¿Será que no tenemos solución, los hombres?
05/27/08 a las 2:24 pm |
Hola It,
Lei en algún lugar que colocados en esta situación, privados de contacto humano y comunicación, se elige con frecuencia un interlocutor inanimado para charlar con él (como Wilson de “Naufrago”). Dicen que uno de los objetos preferidos es el retrete, por disponibilidad, imagino, pero es posible que el eco que produce nos dé la sensación de oir otra tranquilizadora voz humana.
Parafraseando a Quino, la gente repatea un poco pero la humanidad es cojonuda. Saldremos adelante y los que vengan después lo harán un poco mejor que nosotros… porque tendrán nuestros blogs para servirles como guÃa ;-)
Un abrazo