De caidas y exposiciones púbicas
Cuando en el siglo XVIII Francia vivió la enfebrecida moda de los miriñaques, estructuras-armaduras construidas con mimbres maderas y ballenas, muchos moralistas vieron en este ahuecamiento de los vestidos algo terriblemente tentador. “Seductores cebos que tienen el poder de incitar al pecado a los desdichados hombres” dice el Padre Bridaine; “opuestos al pudor, a la modestia y a las buenas costumbres”, denuncia un teólogo en 1728, pues “la hinchazón de los vestidos trae consigo la idea de “desnudez”, la atención que provoca origina malos pensamientos y reflexiones obscenas”. Más comedida “La Gazzete” se pregunta: “¿Cómo puede sufrirse un miriñaque que deja tanto espacio entre él y la mujer a quien rodea? ¿Acaso es un refugio para ocultar a los amantes?”.
Además de dar motivo a las homilías religiosas los miriñaques dieron pan a los humoristas, a las modistas que se hicieron de oro rellenando el espacio hueco del miriñaque con distintas enaguas que fueron bautizadas con llamativos nombres: secrète, frrippone, modeste, l’effrontée, la culbute, le boute-en-train, le tatez-y… y el otro gremio favorecido fue el de los espectadores casuales de la caida de las damas enmiriñacadas porque eran modas de muchas enaguas pero ninguna ropa interior.
Antes de la llegada del miriñaque, cuando la falda era “hinchada” con otras faldas interiores el “veo París” ya había recibido correspondiente tratamiento literario, todo libro de memorias guardaba unas líneas para el chascarrillo de la caída de una dama y las reacciones que ello provocaba. Así el doctor Louys Guyon en “Le cours de Médecine en Français contenant le miroir de beauté et santé corporelle” (Lyon, 1664) analiza la inteligencia de la caída:
Una señorita de 18 años, sirvienta, viajaba en compañía de su señora, cuando, queriendo franquear un obstáculo, cayó cuan larga era sobre su caballo quedando al descubierto ante la amable compañía todas sus partes secretas: vientre, piernas y nalgas.
Viendo esto, un joven noble y rico acudió presto a ayudarla, prendado como estaba de sus bellas y blancas partes. Confesóle su amor, y ella, astuta, no le prometió nada hasta que solemnemente se hubiera casado con ella. Lo que el joven aceptó de buen grado. De esto hace ya veinte años. Ella sigue conservando limpias y hermosas aquellas partes que le enamoraron. El la ama más que nunca.
Mientras que Antoine Hamilton en “Mémoires du compte de Gramont” habla de la sorpresa que causó la caída de Mlle. Churchill:
Mlle. Churchill tropezó, dió unos gritos y cayó. La caída no pudo ser más torpe de puro rápida; sin embargo, le fue muy favorable, pues no solo no se hizo daño, sino que así desmintió todo lo que su rostro hubiera sugerido de su cuerpo. El duque bajó para ayudarla. Estaba tan aturdida que olvidaba que todos la observaban. Nadie podía creer que un cuerpo de tal belleza correspondiera al rostro de Mlle. Churchill. Después del accidente, pudo observarse como los cuidados y la ternura del duque iban en aumento.
Menos dado a la chanza Rousseau expone en las “Confesiones” la visión de los parientes o allegados masculinos de la dama:
En un desdichado tropiezo, Mlle. Lambercier mostró su trasero al rey de Cerdeña, quien estaba a su lado… Confieso que no hallé la menos gracia en tal accidente, que, aunque cómico, me alarmaba por pasarle a alguien a quien yo estimaba como a una madre e incluso más.
Tantas caídas, tan oportunas, uno empieza a sospechar de que los problemas que tenían estas señoritas con la gravedad y la coordinación motriz no eran tales. Simuladas o accidentales la caída galante pasó a ser un clásico de los “artículos para hombres”. Decoraba las tabaqueras junto a otros temas de similares características como “le coup de vent” (el golpe de viento que levanta las faldas) y el “entre deux feux” (entre dos fuegos, o la escena de la mujer espiada que calienta el culo delante del fuego del hogar mientras un voyeur asiste, escondido, al espectáculo).
La exposición púbica de tanta francesa, las españolas caen siempre honestísimas, recuperó la cuestión de los calzones femeninos y el debate se acaloró todavía más con la publicación en 1763 en La Haya de Le Caleçon des Coquettes. La obra no se anda por las ramas y comienza exponiendo el problema principal: la joven parisina Dorimène cae en medio de la via pública y expone sus interioridades a todo traseúnte parisino. Sor Verónica, una monja de grises hábitos, la auxilia y la acompaña a casa donde la instruye en los beneficios del uso de calzones que ella misma confecciona en la soledad de su convento:
- Calzón bien blanco y bello hay que llevar,
pues cualquier viento maligno, o por delante o por detrás,
puede tus faldas levantar.
Al segundo vaso de vino Sor Verónica le explica que fue una tia suya quien la inició en el uso de calzones que debe ser blancos, de cretona y mudarse cada cinco días. Tal vez no sea “El aleph” ni haya causado un revuelo como “El origen de las especies” pero sacó, o mejor dicho, ocultó el tema y pronto muchas mujeres comenzaron a seguir el consejo de Sor Verónica. Las amazonas fueron las primeras en apropiarse de los calzones como medida de precaución para las caídas. Además de por pudor su uso se recomendó por razones médicas: “durante el invierno para evitar enfermedades y, durante el verano, por higiene”. Para otras mujeres, actrices y bailarinas, su uso fue obligado por las autoridades debido a que algún salto excesivo o alguna pieza de atrezzo que se enganchara en el vestido podía proporcionar otro tipo de espectáculo al público.
Y entonces se acortaron las faldas. De esa época proceden dos tendencias, quienes abrevian los pantalonetes y enseñan pierna, o la valiosa media de seda, y quienes muestran la prenda por debajo del vestido porque encuentran cómodos los pantalones y se sienten a gusto en ellos. Contra esta última corriente atronaran literatos como Victor Hugo, reyes, seductores que odiaban la ropa interior cerrada y añoraban las accesibles aperturas y ¿lo adivinan? sí, de nuevo el clero.
En 1830 se conocían tres razones por las cuales el pantalón no debía ser vestido por mujer decente. La primera era que con él la mujer accede a peligrosas libertades de movimiento, otra razón es que no deja de ser una moda extranjera (sea cual sea el país, pasa como con la sífilis, quienes la trajeron, los apestados, son los “otros”) y finalmente que entre quienes lo recomendaban estaban los socialistas utópicos como Cabet en “Viaje a Icaria” o Saint Simon para quienes el pantalón femenino es un símbolo inequívoco de la emancipación por la que luchan las feministas.
¿De dónde sale esto? Toda la información ha sido debidamente saqueada de “Piel de Angel”, las historias de la ropa interior femenina narradas por Lola Gavarrón.
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