Fragmento del libro Historia de la incompetencia militar de Geoffrey Regan
Durante los largos años de paz que siguieron a la batalla de Trafalgar, a la armada [británica] no se le exigia otra cosa, salvo en contadas ocasiones, que patrullar por los mares del mundo, mostrando la bandera británica y manteniendo el prestigio.
Es más, fuera de las aguas europeas, donde los barcos eran elegantes y resplandecientes de pintura más que naves de combate eficientes, esto se daba por supuesto. Las prácticas de artillerÃa [...] se habÃan convertido en “la Cenicienta de la instrucción”. Si no convenÃa disparar todos los obuses de prácticas, se tiraban por la borda. De hecho, algunos capitanes desaprobaban activamente las prácticas de artillerÃa, pues el humo ensuciaba la pintura del barco o interferÃa en otras funciones sociales [...]
La prestancia de un buque aumentaba las perspectivas de promoción de un comandante; asÃ, Marder [A. J. Marder, The Anatomy of British Sea Power] cuenta que corrÃan rumores de que un almirante se habÃa gastado dos mil libras de su propio peculio para pintar y embellecer su navÃo de cara a lograr su promoción. Percy Scott describe asà las prácticas de artillerÃa de la flota del Mediterráneo en 1896:
Los suministros trimestrales de municiones debÃan utilizarse de alguna manera y era costumbre de toda la armada dar una señal: “Despliegue para realizar prácticas de tiro, gastar la munición trimestral y reincorporarse a tal hora al escuadrón”. Los barcos de la flota partÃan en todas las direcciones y se deshacÃan de su munición de cualquier manera tan pronto como les era posible.
[...] Una de las razones por las cuales se consideraba que la artillerÃa era tan poco importante era la creencia de que los enfrentamientos tendrÃan lugar a distancias cortas, ciertamente no superiores a 1000 o 1300 metros. Además, se creÃa que tras los bombarderos los barcos se acercarÃan unos a otros y que se producirÃa el abordaje, como habÃa sucedido en la época de Nelson. Sin John Commerell, que pronto se convertirÃa en almirante de la flota, estaba inspeccionando el crucero “Northampton” cuando vio a un oficial que no llevaba espada. Al preguntarle por qué el oficial le respondió que era el ingeniero en jefe y que en la sala de máquinas no habÃa espacio para una espada. “¿En qué está usted pensando? -repuso sir John-; si el enemigo tiene la buena fortuna de vencernos en cubierta, ¿cómo podrá matarle cuando baje si no dispone de ninguna espada?”. En realidad, con proyectiles capaces de recorrer diez kilómetros todo esto queda ridÃculamente anticuado. La aparición de los torpedos y de las minas convierte la lucha a corta distancia en una locura peligrosa [...] En el bombardeo de los fuertes de AlejandrÃa en 1882, ocho buques de guerra británicos abrieron fuego más de 3000 veces, logrando un total de 10 impactos y destruyendo sólo 30 de los 293 cañones del enemigo.
Libro:
Historia de la incompetencia militar, Geoffrey Regan
05/17/08 a las 1:34 am |
cierto, la lucha a corta distancia es una locura peligrosa, pero la mejor locura!!!!
afectos
07/22/08 a las 8:58 pm |
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