Historias telefols

By fraxi

El zoólogo Tim Flannery catalogó y redescubrió en sus viajes por Nueva Guinea especies que se creían extinguidas, en esta búsqueda y catalogación era necesaria la colaboración de las tribus que conocían la fauna y el lugar mucho mejor que el visitante. Este trato con los nativos y su tarea zoológica se refleja en su entretenido libro “A pie por Nueva Guinea e Irian Jaya”, en su narración son frecuentes los choques culturales como por ejemplo los malentendidos que se dieron durante su estancia con los telefols.

La linterna
La llegada de la tecnología occidental es uno de los temas favoritos de los cuentos telefols. Me contaron varias veces la historia de la primera linterna que llegó al valle. La había llevado un joven que había visitado unos almacenes. Todo el mundo la consideró una maravilla, demasiado valiosa realmente para seguir siendo propiedad de un individuo tan joven e irresponsable como áquel. Así que tomó posesión de ella su tio, hombre ya de edad y respetado. Una noche el tío salió a cazar. Tuvo tanto éxito gracias al uso de la linterna que casi no podía con la montaña de falangeros que había matado.

Pero se había aventurado lejos de casa y empezó a llover en mitad de la noche. El anciano, sin preocuparse por la lluvia, se paró debajo de un árbol y junto un poco de leña. Luego enfocó de muy cerca con el haz de luz de la linterna, esperando que brotaran las llamas. Al cabo de un rato la leña seguía sin prender y el anciano, todo mojado y congelado, se puso furioso. Acabó tirando al suelo la linterna, indignado. La linterna se rompió y el hombre hubo de pasar la noche en la oscuridad, acurrucado y junto a su montón de falangeros. Cuando volvió a la aldea por la mañana tiró la linterna a los pies de su sobrino, maldiciendo aquel trasto inútil y a quien lo había adquirido.

La III Guerra Mundial
Las consecuencias de las intrusiones en su aislamiento se me hicieron patentes durante una visita que hice en 1986. Yo estaba instalado en el río Sol y llegaron varias personas en un estado de gran excitación diciendo que había empezado la Tercera Guerra Mundial. Aseguraban haber oído por la radio que los estadounidenses habían atacado a los rusos y que muchas ciudades estaban ya destruidas. Algunos informes eran muy precisos y especificaban el número de aviones Mig y otros aparatos que había perdido cada bando.

Como se trataba del periodo de Reagan, y la Guerra Fría aún estaba en pleno auge, estas noticias aterradoras tenían un aura de plausibilidad. Pasé varios días en un estado de gran ansiedad, interrogando detenidamente a la gente para enterarme de dónde habían obtenido la información y qué habían oído exactamente. Eran tan coherentes y firmes en sus historias que llegué realmente a creerles. Luego empecé a pensar que tal vez lo único que quedaba del mundo era aquel pequeño valle alto de las montañas de la Nueva Guinea Central.

Cuando volví a Telefolip, varios días después, descubrí que todo el mundo andaba allí con las mismas aprehensiones. Nadie sabía de dónde había venido la noticia, pero daba la impresión de que Estados Unidos y Rusia estaban en guerra, y que se había producido una terrible destrucción con bombas nucleares.

Hasta que no llegué a Port Moresby, unas semanas después, no me enteré de toda la verdad. Había estallado el reactor nuclear de Chernóbil. Los rumores habían ido modificando la noticia y cuando la noticia había llegado a Telefomin el suceso se había convertido ya en una guerra mundial.

El dinero
Cuando estaba en el río Sol venía a verme a menudo un anciano telefol en plena noche. Me preguntaba en un susurro: “Esta tarde te conté todos los secretos de Afek. Ahora dime tú, amigo, ¿de dónde viene el dinero?”.

Yo, al principio, no entendía la naturaleza de estas preguntas, y respondía diciendo que el dinero representaba riqueza acumulada y que mis antepasados habían trabajado y ahorrado mucho. Y habían invertido su dinero en bancos o empresas, creando más riqueza aún.

Mi interlocutor solía enfadarse al oir esto: “El dinero no viene del trabajo -decía-. Tú vienes aquí y nos pagas por trabajar para ti. Nosotros transportamos tu equipo y te alimentamos. Tú no trabajas, pero eres tú el que tienes el dinero. Ahora, de verdad, dime; como a un amigo que sabrá mantener el secreto. ¿De dónde viene el dinero?”.

Lo que el telefol quería saber era la fórmula mágica mediante la que podía, literalmente, hacerse dinero.

Más historias de este libro:
- El asombroso espectáculo del cultivo de preparados cromosómicos
- Bokis es bilong mipela
- El infierno goilala

Libro:
A pie por Nueva Guinea e Irian Jaya, Tim Flannery

Escribe un comentario