En el siglo XVII en los palacios y salones parisienses se puso de moda recuperar el ideal del servicio a la dama de las novelas de caballerías. Esta vez no era en torneos ni defendiendo un puente como se debía demostrar la adoración a su señora sino en la conversación agil y graciosa, las fiestas poéticas y los piropos finos. Estos jugueteos galantes tuvieron como destinatarias a las “Précieuses”, de espíritus sensibles y delicadas de oido. Una “preciosa” podía desmayarse, de hecho Julie d’Angennes lo hacía, si se empleaba en su presencia alguna palabra trivial. Se desterraron de la conversación con estas damas las expresiones cotidianas por otras más refinadas provocando que un vulgar mortal no entendiera nada de lo que éstas hablaban. En tales circunstancias, y si la “précieux” merecía la pena, era necesario tener a mano el Dictionnarie des Précieuses de Antoine Baudeau sieur de Somaize:
Así, por ejemplo, la palabra “mano” les parecía demasiado plebeya, pues la gente vulgar solía emplear sus manos para trabajos vulgares; por consiguiente la rebautizaron, llamándola “la belle mouvente” (la hermosa moviente). La palabra espejo quedó elimada a su vez, para ser substituida por la bellísima locución “el consejero de las Gracias”. El sillón olía demasiado a taller de carpintero, y se le sustituyó por la circunlocución “comodidad de la conversación”.
En presencia de las “preciosas” las conversación sólo debía tratar de sus virtudes y perfecciones y de la dicha que siente el hombre en su presencia. El tono y las maneras de la conversación la dan esta carta de agradecimiento por un paquete de perfumes que dirige Guez de Balzac a madame de Rambouillet.
Los poetas romanos han cantado los perfumes de la diosa Venus. Mas el regalo por mi recibido viene de manos mucho más delicadas que las de tan vulgar divinidad: viene de la diosa celestial del amor, de la virtud hecha persona que, miradla, ha querido mostrarse a los mortales; viene de la perfección que de las alturas del cielo ha bajado sobre la tierra. No me canso de vanagloriarme ante todo el mundo por tan rico presente. Todas las otras cosas terrenales, todos los bienes del mundo, han perdido importancia para mi. Y tal como no podría caber mayor gloria que aquella que me ha proporcionado este regalo, tampoco existe en este mundo gratitud suficiente que pudiera compararse con la mia. Sólo consigo expresar con palabras una fracción íntima de mis sentimientos; su mayor parte ha quedado encerrada en mi corazón.
El juego de las “preciosas” se extendió, influyó en jóvenes que más adelante maldijeron esa etapa de su vida. Tan demoledor para este juego de salón como Las preciosas ridículas de Moliere podría ser esta carta de Bussy-Rabutin el cual en su edad madura valora su amor juvenil ofrendado a una hermosa viuda:
Profeso unas ideas tan ridículas acerca del respeto debido al bello sexo que mi hermosa viuda hubiera podido morir a mi lado de tisis de no haber observado ella mi estupidez, animándome mucho. Durante mucho tiempo ni siquiera me atreví a notar los signos de aliento que me daba, y tenía la inquebrantable convicción de que era imposible obtener el amor de una dama sin haber pasado por una larga fase previa de suspiros, llantos, súplicas y cartas de amor. Mientras no hubiera rebasado dicha fase previa, no me creía con derecho a esperar ni la más pequeña de las mercedes.
Afortunadamente para Bussy-Rabutin la viuda no era dada a trámites de “preciosa”.
Libro:
Historia de la estupidez humana, István Rath-Vegh
Wikipedia: Précieuses
Wikipedia: Preciosismo
04/27/08 a las 8:57 pm |
¡Ay, madre! Lo malísimo que es tener tanto tiempo libre, eh, se inventaban unas cosas…
04/28/08 a las 10:22 am |
Sexo, drogas y rock & roll: Afaires, brioches y minués
05/1/08 a las 8:17 am |
Salve Ilustre, Noble e Honorable Arc,
quien con vuestras siempre valiosas joyas engalana Exapamicron.
Recibid mi afecto e mi cariño envueltos
en tierno y refulgente papel de terciopelo.
Os lo aseguro, en el fondo Bussy-Rabutin se sentía decepcionado.