Hubo un tiempo en que los reyes curaban. El “toque real” era el remedio para la epilepsia y el denominado “mal de reyes”, nombre que se le daba a la escrófula o tuberculosis de los ganglios linfáticos y por extensión a cualquier bulto que surgiera en el cuello. La tradición adjudica al monarca inglés Eduardo el Confesor la capacidad de sanar, según cuenta una crónica en los comienzos de su reinado:
Una mujer joven se había casa con un muchacho de su misma edad, pero al no tener fruto la unión se almacenaron todos los humores alrededor del cuello de la muchacha, que se cubrió de úlceras, infartándose además las glándulas de una forma terrible. Advertida en sueños que curaría si el rey le bañaba la parte afectada, se dirigió a Palacio, y el rey en persona llevó a cabo esta tarea amorosa acariciando el cuello de la mujer con sus dedos bañados en agua. Su mano fue artífice de una maravillosa curación: la piel cárdena se rasgó para dejar paso a los gusanos, que rodeados de materias purulentas manaron en abundancia hasta hacer desaparecer por completo el tumor. Pero como el orificio de entrada de la úlcera era muy grande y profundo, el rey ordenó a la enferma que se quedase en Palacio a vivir hasta que estuviese completamente curada. Sin embargo, antes que hubiese transcurrido una semana brotó una nueva piel que cubrió las cicatrices tan perfectamente que resultaba imposible descubrir las antiguas heridas y aquel mismo año la mujer dio a luz unos mellizos, lo cual hizo que aún aumentase más la fama de santidad de Eduardo.
Esta capacidad de sanar habría pasado a sus sucesores dentro del paquete de dones concedidos por dios a la realeza pero para que esto tuviera efecto los enfermos debían de pasar por un ceremonial que empezaba cuando eran explorados por el médico del rey que podía rechazar a quienes consideraba inadecuados para el tratamiento. Tambien les hacia certificar que no habían sido sometidos anteriormente al “toque real”. Tras este examen los enfermos eran bendecidos y llegaban a la presencia del rey el cual tocaba sus úlceras y les colocaba al cuello una moneda de oro. Se calcula que se gastaban aproximadamente unos dieciocho mil euros en monedas sanadoras, a la pragmática Isabel le pareció un gasto excesivo e hizo las monedas de regalo más pequeñas.
No todos los reyes estaban convencidos de sus super-poderes. Jacobo I intentó eliminar lo que el consideraba una superstición pero se volvió atrás cuando percibió que podía perjudicarlo políticamente. Guillermo III incluía con la imposición de manos la siguiente declaración: “Quiera Dios curarte y darte más sentido”. Como los afectados no parecían darse por enterados decidió cortar por lo sano y eliminar el toque real de su agenda, al saberse le llovieron acusaciones por ser cruel con su pueblo. La ultima monarca inglesa que curó el “mal de reyes” y la epilepsia fue Ana, sin embargo no disponía del “toque real” de Eduardo el Confesor, al menos así lo atestigua el caso de Samuel Johnson. Con 4 años el futuro crítico literario fue llevado ante la reina para que sus manos sanaran al infante pero el tratamiento no fue efectivo, según relata su biografo Boswell el doctor Johnson padeció escrófula toda su vida. Tras la muerte de la reina Ana ningún rey inglés reconoció la capacidad de sanar enfermedades tocando pústulas y regalando monedas de oro.
Por el resto de Europa algún que otro rey se animó con la práctica. Luis XIV impuso sus manos sobre 1600 personas un día de Pascua. Dicen que ninguno sanó, pero es difícil llevar el diagnóstico de 1600, sin embargo todos se fueron un poco más contentos porque al igual que en Inglaterra a cada paciente se le daba una pequeña gratificación por participar.
Libro:
Diablos, drogas y doctores, H. W. Haggard
01/30/08 a las 4:14 am |
La mano tonta… de España:
Es en 1416 cuando las palma, en Barcelona y tísico perdido, el desventurado don Carlos de Trastámara y Evreux, Príncipe de Viana. Llevado su cadáver al monasterio de Poblet, como era preceptivo en los de la casa de Aragón, allí quedo manga hombro (junto a otros que fueron y que serian) bajo unos arcos, metido en una caja forrada de terciopelo, la(s) cual(es) a veces se cubría(n) con un tapiz porque no hiciera(n) feo. Mas con el tiempo, fuera como fuera y por lo que fuera, empezó a rondar por allí una de sus manos, a la cual se atribuyo el poder de, por contacto, poner salud en la carne escrofulosa. Y ya esta mangada, pues a partir de entonces y durante los siglos XVI y XVII aquello fue un gotear de peregrinos que, desahuciados, acudían a rascarse la sotabarba con la mojama.
01/30/08 a las 4:01 pm |
Lo sabía. Sabía que podíamos superarlos. Una mano amputada, ni siquiera un rey completo, y ni una triste monedita de esas que regalaba Isabel, pequeñitas sí pero que te hacían avio, una monedita para que si no sanas por lo menos revientes de pan y de vino. Roñosos.
Gracias por el dato Don Gaiferos.