El testimonio de las cabezas guillotinadas
Comienza la historia con la cabeza de Charlotte Corday, la asesina de Marat. Tras ser guillotinada el auxiliar del verdugo François le Gros la mostró a la multitud y en ademán de desprecio le arreó una bofetada. Las primeras filas de mirones y los técnicos del cadalso cuentan que la indignación se apoderó del rostro de Charlotte y ambas mejillas se ruborizaron ostensiblemente, es decir, todavía estaba viva.
El suceso dio lugar cartas eruditas en el diario parisiense “Le Moniteur”, el anatomista alemán S. T. Soemmering manifestó que la separación de la cabeza del cuerpo no implica necesariamente la muerte técnica:
Por un tiempo en la cabeza de la víctima se mantienen vivos el sentimiento, la personalidad, el ego, por no mencionar el dolor que sufre el cuello [...] Si siguiera circulando aire por los órganos vocales, las cabezas cortadas hablarían.
No fue la opinión mayoritaria de los médicos y hubo que esperar casi un siglo más para que tres médicos franceses, los hermanos Decaisne y el doctor Everard, reabrieran el debate. El 13 de noviembre de 1879 tras la ejecución del asesino Théotime Prunier el trio de galenos intentó obtener alguna respuesta de vida de la cabeza. Lo intentaron llamándole por su nombre, pinchando las mejillas, metiendo por la nariz un pincel empapado en amoniaco, pasando por la conjuntiva un lapiz de nitrato de plata y acercando la vela a los ojos hasta chamuscarle las pestañas. Nada. La cabeza de Théotime no ofreció ningún gesto de vida.
Un año después el doctor Dassy de Lignière obtuvo mejores resultados con la cabeza del asesino Menesclou, ajusticiado el 7 de septiembre de 1880. Tres horas después de la decapitación y tras una transfusión de sangre de perro la piel recobró color, se afirmaron los rasgos, se crisparon las cejas y los labios balbucearon. Según Lignière: “Esa cabeza, separada del cuerpo, ha oido las voces de la muchedumbre. El decapitado se siente caer en la cesta. Ve la guillotina y la luz del día.”
Uno de los casos más documentados es el informe del doctor Beaurieux para los “Archives d’Anthropologie criminelle” (tomo XX, 1905). En él se explica como en la mañana del 28 de junio de 1905 la cabeza recién cercenada del asesino Languille se meció hasta erguirse sobre su base, sellando el cuello a medias y reduciendo la hemorragia. Tras repetidas contracciones de labios y parpados por unos segundos sus ojos se entrecerraron. Beaurieux gritó el nombre del ajusticiado y los ojos de éste se abrieron y miraron al doctor. “Era indudable que esos ojos estaban vivos y me miraban”, dice en su informe. La llamada se repitió una vez más con idéntico resultado, después Languille cerró los ojos definitivamente.
El caso Languille dió lugar a distintas explicaciones, una de las últimas la proporcionó en una carta al diario inglés “The Guardian” el doctor Steven Seddon, de Staffordshire. Explicaba el médico que la decapitación priva al cerebro de sangre pero el córtex sólo se apaga a los veinte segundos y la muerte cerebral irreversible tarda otros tres minutos y medio. En Languille al “sellarse” casualmente el cuello se prolongó la presencia de sangre arterial en el craneo y el cerebro tardó más de lo normal en apagarse, de ahí los atisbos de vida.
Libro:
Diccionario del crimen, Oliver Cyriax
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Desde luego, si después de pincharte la carita, meterte un pincel con amoniaco por las narices, churruscarte las pestañas y arrimarte el nitrato de plata no abres la boca para escupir a quien sea, es que estás remuerto.