La primera Sesión Negra de la que se tiene constancia tuvo lugar en Oxford en 1577. Rowland Jencks, encuadernador y ferviente católico, compadeció ante un tribunal acusado de traición y de profanar la religión protestante. Jencks fue desorejado por su delito pero peor suerte corrieron los miembros del tribunal. Poco después el Barón Jefe de Exchequer murió al igual que el Alguacil de Justicia, dos vicealguaciles, cinco jueces de paz y casi todo el jurado participante en el proceso de Jencks. Estos hechos revelaban “una diabólica maquinación de los papista” o quizás un “milagroso juicio contra los jueces” según quien interpretara los hechos, de todas maneras era campo sembrado para que unos y otros se mataran.
Hay reconocidas por los menos cinco Sesiones Negras además de ésta, la última de la que se tiene constancia provocó la muerte del Lord Mayor, un concejal, dos jueces, un vicealguacil, el jurado y muchos observadores que habÃan asistido al juicio. En otros lugares del mundo se repitieron estos sucesos, se dieron en las salas de justicia de DublÃn, Reims, Estraburgo y Tokio, la última de la que se tiene constancia en 1881. En ocasiones la “venganza del prisionero” salÃa del tribunal y la enfermedad se extendÃa por la ciudad donde se celebraba el juicio.
Para los médicos de la época, que la denominaron fiebre carcelaria, el origen del mal estaba en el desagradable olor de los prisioneros. Sin embargo en la actualidad sabemos que las condiciones en las cárceles de la época favorecÃan la aparición de enfermedades y la abundancia de piojos hacÃan que éstas pudieran saltar a miembros de la justicia. Cuando el preso era llevado ante el tribunal: “los piojos famélicos podÃan migrar y cebarse en los cuerpos más jugosos mientras se hacÃa justicia [...]“. Por los sÃntomas que presentaban los afectados los historiadores médicos creen que la enfermedad del tifus estarÃa detrás del misterio de las Sesiones Negras.
Rowland Jencks el papista que dió lugar a la primera Sesión Negra sobrevivió a su tribunal y vivió, desorejado, treinta y tres años más.
Libro:
Hombres contra gérmenes, A. L. Baron
01/26/08 en 10:56 pm |
Como curiosidad.
Antecedente?: La venganza del ajusticiado?.
Cuando en 1314, reinando en la Francia de los franceses Felipe IV, dicho el guapote, fue ejecutado por fuego don Jacobo de Molay, capo de la Orden del Temple, dicese que este, antes de pegarse a la sartén como una hamburguesa, saco pecho y lanzó una maldición que no se dejó de cumplir.
En “LOS REYES MALDITOS” (acaso la mejor novela histórica que haya leÃdo), Maurice Druon lo cuenta asÃ:
De pronto, la palabra del gran maestre atravesó la cortina de fuego, y como si se dirigiera a todos y cada uno de los presentes prodújoles el efecto de una bofetada en pleno rostro. Con irresistible fuerza, como lo habÃa hecho en Notre Dame, Jacobo de Molay gritó:
-¡Oprobio, oprobio! ¡Estáis viendo morir a inocentes! ¡ Caiga el oprobio sobre vosotros! ¡Dios os juzgará!
[...]
- ¡Papa Clemente!… ¡Caballero Guillermo de Nogaret!… ¡Rey Felipe!… ¡Antes de un año yo os emplazo para que comparezcáis ante Dios, para recibir vuestro justo castigo!… ¡Malditos, malditos! ¡Malditos hasta la decimotercera generación de vuestro linaje!
Acertar, acertó, aunque me parece un discurso muy largo para quien lleva lumbre en la entrepierna. Quien sabe, aquellos si que eran caballeros bragados.
Un saludo.
01/28/08 en 9:57 am |
JomÃo, pues sÃ, a mi me pegan fuego y lo más que acierto a decir es ¡ay! Claro que puestos a maldecir hasta la decimotercera generación me parece poco.
Lo de desorejar al personal siempre me ha sorprendido.
01/30/08 en 4:15 pm |
Estaban hechos de otra pasta y ardÃan difÃcil por eso les daba tiempo a decir todas estas cosas. De todas manera prefiero a los que improvisan frente a los discursivos. La historia no recoge las palabras de una tal Beranda que en el camino hacia la hoguera fue blanco de insultos de la muchedumbre que se reunÃa para tales espectáculos. Por lo menos hubo una mujer que la molestó especialmente, o por lo que dijo o por lo que hizo, y la tal Beranda dirigiéndose a uno de los técnicos de cadalso o a los intérpretes de herejÃas señaló a la espectadora y la acusó de ser su cómplice y, al igual que ella, alfiletero de satanases. Ambas acabaron en la pira para solaz de una multitud menos escandalosa.