A mediados de siglo XVII una campaña del patriarca de Moscú para la reforma de la práctica religiosa sacó a la luz una masa conservadora para quien los viejos usos eran sacrosantos. Denominados “viejos creyentes” fueron perseguidos como herejes, mutilados y quemados en la hoguera hasta bien entrado el siglo XVIII. Los viejos creyentes se santiguaban con dos dedos, en vez de tres de la tradición griega; honraban a la Trinidad con un aleluya doble, no triple; se negaban a afeitarse la cabeza y usaban siete panes en la mesa eucarística en vez de solo uno. Esas eran sus creencias y se mostraron dispuestos a mantenerlas aunque tuvieran que amputarse el dedo índice para no tener que santiguarse con tres dedos, enviar a sus familias al paraiso matándolos, autoinmolarse en las llamas de sus hogares o iglesias, exiliarse o ser desterrados a Siberia. Hubo un obispo que se mantuvo fiel a ellos pero murió antes de ordenar otro de manera que sin una autoridad central y disgregados en el extenso paraje siberiano se ramificaron las creencias y surgieron las sectas.
Unos consideraron a todo el clero en apostasía, se bautizaba en lagos y enterraban a los muertos en los claros de los bosques. Estaban los “suspirantes” que rezaban ardorosamente en honor del espíritu santo y los “sin oración” que abjuraban de cualquier observancia exterior. Los “dukhobor”, pacifistas, que creían en la primacía de un espíritu que moraba en el interior del individuo y hacia superflua a la Biblia. Otra secta deificaba a Napoleón.
Los “khlysti”, con los que se vinculó a Rasputín, giraban en danza extática y se flagelaban gritando “Santo Espíritu, Espíritu, Santo Espíritu, jo, jo, jo”, hasta que caían desmayados al suelo. Una vez iniciados el hombre prescindía de su mujer y se acostaba con una compañera espiritual aunque con frecuencia también estaba invitada la mujer. A los niños del pasado no regenerado los llamaban “pecaditos” o “gatitos”.
Los “skoptsi” pretendían destruir la lujuria con la automutilación, cortándose los pechos o los testículos. Se consideraban santamente estériles o “eunucos por el reino de los cielos”.
Su aislacionismo les dió algo en común: la desconfianza en todo lo extranjero. Importaciones como el té o las patatas (introducidas por Pedro el Grande) habían sido rechazadas. Las rejas de arado de acero provocaron conflicto y hubo divisiones entre comunidades por la cuestión de las lámparas de queroseno. Otros productos eran consensualmente odiados sin duda alguna: las bebidas alcohólicas, el tabaco, el canto mecánico de los gramófonos que podía degradar la liturgia y la vacunación o los seguros que reemplazaban escandalosamente la voluntad de dios.
Libro:
En Siberia, Colin Thubron
01/21/08 en 6:06 pm |
Pero cuánto majara suelto, por Dios!
01/21/08 en 10:52 pm |
Sabía yo que te iba a resultar especialmente molesto su actitud respecto al té.