El botellón griego

By fraxi

El “simposion” era un ritual aristocrático y masculino realizado en una “sala de hombres” o “andron” cuyas paredes estaban decoradas con murales o motivos relacionados con la bebida. Los invitados, en un número entre 10 y 50, se recostaban en divanes con un cojín bajo el brazo y tras una comida donde se servia poco o nada que beber se despejaban las mesas y se sacaba el vino.

Comenzaba con tres libaciones, en la tradición ateniense eran por los dioses, por los héroes caídos y por Zeus. Tras ello se cantaba un himno, se repartían guirnaldas de flores y hojas de parra y se empezaba a beber.

Se traía agua en un recipiente de tres asas llamado “hidria” y se mezclaba con el vino en un gran cuenco en forma de urna llamado “crátera”. Había varias proporciones de mezcla: dos partes de agua por una de vino (2:1), 5:2, 3:1, 4:1 o 1:1 (llamado “vino fuerte”). Habia caldos concentrados, “que se hervían antes de envasarlos hasta reducirlos a la mitad o un tercio de su volumen original”, que tenían que mezclarse en proporciones 8:1 o 20:1. El vino sin mezclar era propio de bárbaros, sólo Dionisio podía beber vino puro sin riesgo. Aunque había un tipo de jarra (con la que se representa frecuentemente a Dionisio) cuyo uso indica que no se le ha añadido agua se creía que tomar vino de esta manera los volvería extremadamente violentos o locos. Sin embargo tan malo como el bebedor de vino puro era el abstemio que no hacia uso de la bebida y resultaba un mal anfitrión, el punto medio, el vino aguado, era el ideal. En el “simposion” el encargado de hacer cumplir las reglas era el “simposiarca”, elegido por ser el anfitrión o elegido por votación o los dados su tarea consistía en “mantener al grupo reunido en la frontera entre la sobriedad y la embriaguez, para que pudieran disfrutar de la libertad de palabra y de la liberación de los problemas, pero sin volverse violentos como los bárbaros”.

El vino se bebía las mayoría de las veces en un cuenco poco profundo y con dos asas, con un pie corto, llamado “cilix”. A veces se servía también en un recipiente más grande y profundo llamado “cantharos”, o en un cuerno hueco denominado “riton”. Los sirvientes, a instancias del “simposiarca”, utilizaban una jarra de vino, u “oinochoe”, que en algunos casos parecía un cazo de mango largo, para transferir el vino de la crátera a los recipientes individuales. En cuanto se vaciaba la crátera, se preparaba otra.

Mientras se consumía vino los invitados podían entretenerse con espectáculos de música y baile, o competir improvisando canciones, poemas y comentarios ingeniosos, a veces eran reuniones literarias o filosóficas y en ocasiones era todo menos formal y se dedicaban al “kottabos” juego que consistía en:

lanzar las últimas gotas de vino de la copa a un blanco específico, como otra persona, una diana de bronce en forma de disco o incluso un recipiente que flotaba en un cuenco lleno de agua, con el objetivo de hundirlo. Tal era la pasión por el “kottabos” que algunos entusiastas llegaron a construir salas circulares especiales en las que jugar. Los tradicionalistas expresaban su preocupación por que los jóvenes se concentraran en mejorar su “kottabos” en lugar de su lanzamiento de jabalina, un deporte que al menos poseía una utilidad práctica en la caza y la guerra.

Pero no siempre el “simposion” era una reunión de sofisticados eruditos o jugadores de “kottabos” las cosas podían degenerar en “komos”. En determinado momento alguien del grupo lanzaba desafíos a sus compañeros para que demostraran su lealtad al grupo de bebida o “hetaireia”. Entonces el grupo salía a la calle para resaltar su fuerza y unidad, esta parranda nocturna podía despejarlos o hacer que cayeran dormidos en el primer sitio que encontraran pero también podía lanzarlos a la violencia y al vandalismo. Era tarea de un buen “simposiarca” evitar el “komos”, en una de sus obras lo explica Eubulo: “Para los hombres sensatos preparo solo tres cráteras: una para la salud, que se beben primero, la segunda para el amor y el placer, y la tercera para dormir. Cuando se apura la tercera, los hombres sabios se van a casa. La cuarta crátera ya no es mía: pertenece al mal comportamiento; la quinta es para gritar, la sexta para la grosería y los insultos, la séptima para las peleas, la octava para romper el mobiliario, la novena para la depresión y la décima para la locura y la inconsciencia”.

En el fondo, el “simposion” estaba dedicado a la búsqueda del placer, ya fuera este de índole intelectual, social o sexual. También se trataba de una vía de escape, un modo de afrontar todo tipo de pasiones ingobernables. Compendiaba lo mejor y lo peor de la cultura que lo había engendrado. La mezcla de agua y vino consumida en el “simposion” proporcionó un campo abonado metafórico para los filósofos griegos, que lo comparaban con la mezcla del bien y el mal que reside en la naturaleza humana, tanto dentro del individuo como en la sociedad en su conjunto.

Libro:
La historia del mundo en seis tragos (De la cerveza de los faraones a la Coca-Cola), Tom Standage

2 comentarios para “El botellón griego”

  1. Ginebra Dice:

    En el último simposium en el que estuve hubo una “cena de gala” que fue así tal cual ha contado usted, incluyendo lo del vino aguado: y estaba malo… pero malo, puaj. Menos mal que nadie se dedicó al kottabos ése porque vaya, se dedica alguien a tirarme gotas de vino, con lo mal que se lavan, y le hostio en el momento.

  2. Arc Dice:

    A lo mejor era el vino aguado lo que explicaba la mayoría de los “komos”. Salían con tan mala leche por eso. Lo que pasa que no me imagino a Platón intentando volcar estatuas en el ágora cantando: ¡Al bote, al bote, aristotélico el que no bote!

    Si por lo menos lo probó bebió de la crátera de la salud así que el anticongelante del vino no le hará daño.

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