En 1836 un misionero recien llegado a Inglaterra tras 30 años de servicio en Australia descubrió con asombro que tras el reciente fallecimiento de su hermana le habÃan quedado en herencia 12.500 libras esterlinas aparte de otros bienes. Al investigar el origen de la fortuna encontró que gran parte de los ingresos procedÃan de un potro tan popular entre la aristocracia londinense como alguno de los mejores caballos del hipódromo. Incapaz de aceptar el dinero, una vez conocido su origen, regreso de nuevo a Australia. Y es que se debÃa de estar mucho tiempo fuera de Londres y totalmente desconectado de las noticias de la ciudad para no conocer el modo en que Theresa Berkley habÃa amasado su fortuna.
No habÃa una razón real para asociar a los ingleses con la flagelación como práctica sexual aunque algunos teóricos indicaban que las frias temperaturas de su tierra los inclinaban a ello. Sin embargo a lo largo del siglo XIX la existencia de burdeles especializados en esta práctica en Londres y las publicaciones clandestinas (Ramblers, Bon Ton Magazine…) que trataron el tema y se editaban en las islas hicieron que la denominación que los franceses le habÃan dado a la práctica, “vice anglais” (vicio inglés), gozara de buena salud. Entre los burdeles dedicados a la “disciplina inglesa” gozó de considerable fama y prestigio el de Theresa Berkley (o Berkeley). Las razones del éxito de la dominatrix Berkley se debÃa, según el testimonio de Pisanus Fraxi (seudónimo de Henry Spencer Ashbee) en el “Index Librorum Prohibitorum”(1880), a varios factores:
poseÃa el primer gran requisito de la cortesana, esto es, la lascivia; porque, a menos que una mujer sea decididamente libertina, difÃcilmente logrará simular por mucho tiempo que lo es, y no tardará en notársele que cuando mueve las manos o las nalgas lo hace al compás de la libra, el chelÃn y el penique. Theresa era sumamente educada y tenÃa buen humor; estudiaba todos los caprichos, vicios y deseos de su cliente y siempre estaba dispuesta a satisfacerlos…, si a cambio se le recompensaba adecuadamente.
Su “arsenal”:
Sus instrumentos de tortura eran más numerosos que los de cualquier otra gobernanta. Su surtido de ramas de abedul era extenso; las guardaba en agua, de forma que siempre estaban verdes y flexibles: tenÃa fustes provistos de una docena de tralletas cada uno; una docena de diferentes tamaños de látigos de nueve ramales, algunos con puntas de aguja; varias clases de varas flexibles; correas gruesas como tirantes de carruaje; cueros duros como almohazas y callosos de tantos años de flagelar. Cepillos de acebo, cepillos de aulaga; un arbusto erizado de púas, conocido como rusco o planta del carnicero; y, en verano, jarros de cristal y de porcelana siempre bien surtidos de ortigas frescas, con las que ella solÃa devolver los muertos a la vida. AsÃ, todo aquel que acudiera a su establecimiento con dinero en cantidad podÃa ser fustigado, azotado, flagelado, arañado, pinchado, medio ahorcado, restregado con acebo o con aulaga, pinchado con agujas, almohazado, flebotomizado y torturado, en fin, hasta saciarse.
Además Theresa Berkley tenÃa “clase”, era creencia común entre los victorianos aficionados al látigo que la mujer de alto nivel se complacÃa en castigar incluso con “extrema severidad” pero no siendo castigada, sólo las mujeres vulgares disfrutaban el castigo incluso éstas para darse a ello debÃan de ser motivadas por la bebida. Asà que mientras fueran cachetitos Theresa se prestaba a ello pero cuando la cosa se ponÃa seria eran Miss Ring, Hannah Jones, Sally Taylor, One-eyed [la Tuerta] Peg, Bauld-cunted [Coño Pelado] Poli, y una chica negra, Ebony [Ébano] Bet quienes, previo pago, ocupaban su lugar en el aparato cuya creación, fechada en la primavera de 1828, hizo pasar a la dominatrix a la historia: el potro de Berkley. La imagen procede del “Index” de Ashbee, los usos y posibilidades del potro quedan a la imaginación de lector.
Cuando falleció en 1836 el legado de Theresa era una buena cantidad de dinero y un extensa correspondencia con hombres y mujeres de la alta aristocracia de su pais. Ésta fue rápidamente destruida y respecto al dinero una vez que su piadoso hermano, al conocer el origen de éste, lo rechazó y tras la negativa de su albacea testamentario el doctor Vance a administrarlo, la totalidad de sus ingresos y posesiones pasó a manos de la Corona… Excepto el potro de Berkley que fue donado por el doctor Vance a la Sociedad de las Artes, en el Adelphi.
Actualización: Otra versión del potro de la Berkley:

Sacado del enfer de la Biblioteca Nacional de Francia según el artÃculo El infierno del libro prohibido del diario El PaÃs.
Libro:
El erotómano. Vida secreta de Henry Spencer Ashbee: Ian Gibson

10/30/07 a las 9:38 am |
¿Renunció??? Qué mojigato!
11/1/07 a las 7:07 pm |
Más bien creo que fue el último homenaje a su hermana. Considera que el dinero pasó a la Corona e imagina que un porcentaje, Ãnfimo, acabó siendo utilizado para sufragar la educación. Tenemos por lo tanto unas migajas del dinero de Theresa Berkley invertidas en un centro escolar y sabiendo como las ¿gastaban? en éstos a la hora de usar la palmeta… ¡qué mejor destino para su herencia! ;-)