Georg Wilhelm Steller (1709-1746)
De todos los prodigios alimentados por Siberia, este naturalista alemán, ignorado en vida, fue uno de los más brillantes. Cuando murió (fanático y sin amigos), después de años de viajes árticos al servicio de Rusia, había descubierto y clasificado toda una hueste de nuevas plantas y arbustos, junto con una asombrosa variedad de mamíferos, aves y peces desconocidos hasta entonces. El cormorán de anteojos que él describió (gordo, torpe y con unas alas inútiles) está ya extinto, y el cuervo marino de Steller no ha vuelto a verse nunca. Pero el león marino de Steller, el éider de Steller, el bello arrendajo de Steller y el hexagrámido de Steller (una trucha marina iridiscente) aún existen; y puede que también el águila de cabeza blanca de Steller, mayor que la dorada, aunque no se ha visto más que dos veces desde entonces. Pero el mono de mar de Steller, que se alzó derecho en el agua y se quedó mirando a la tripulación de su barco a la luz de la luna cuando cruzaban el mar de Bering, era o bien una foca peluda soltera o algo aún desconocido.
En 1741, durante la gran expedición al norte de Bering, Steller se convirtió en el primer hombre blanco que puso el pie en Alaska. Poco después de que la mitad de la tripulación fuese diezmada por el escorbuto y el propio Bering yaciese bajo el suelo helado, Steller estaba montando un cobijo improvisado con madera de deriva y describiendo en un escrupuloso latín una colonia de animales que hoy se conocen como vacas marinas de Steller. [...] Pero sólo sobrevivieron en las meticulosas notas de Steller, pues fueron exterminados por los cazadores en sólo treinta años. Se revolcaban entre lechos de hierba y pastaban como ganado sobre el lecho del mar, desplazándose ensoñadoramente hacia adelante sobre unas patas delanteras unguladas, y glotonamente indiferentes al peligro, de modo que a veces Steller podía acariciarlas. Llegaban a medir hasta diez metros y medio de longitud y a pesar cuatro toneladas, pero eran conmovedoramente antropomórficas. En el apareamiento, escribía Steller, se abrazaban como los humanos, y siempre que la tripulación hambrienta arponeaba un ejemplar los demás acudían en su ayuda e intentaban romper la cuerda o desenganchar el arpón con la cola.
Pero Steller no llegó a vivir lo suficiente para ver su nombre inmortalizado por los análisis anatómicos que dejó. Acosado por el pleito de unos funcionarios a los que había ofendido, obsesionado por la salvaje esposa que había dejado en San Peterburgo y enfermo de alcoholismo, murió en Tiumen a los treinta y siete años de edad y fue enterrado en un risco sobre el rio. Pero le desenterraron los ladrones, dejando el cadáver como presa de los lobos y unos cuantos días despues unos nativos volvieron a enterrarle debajo de una peña. Con los años el rio fue comiéndose la orilla, socavó la tumba y acabó llevándoselo al Ártico, donde la vaca marina de Steller estaba ya extinta.
Libro:
Thubron, Colin: En Siberia
El libro de notas de Steller, donde el naturalista describe todas estas nuevas especies árticas, se puede consultar en Internet (en inglés): De Bestiis Marinis (1751)