Todas las angustias, prejuicios y presunciones sexuales de la época victoriana convergen en el cirujano genitourinario William Acton (1813-1875), autor del manual sobre “higiene sexual” más célebre de la época victoriana, “The Functions and Disorders of the Reproductive Organs in Youth, in Adult Age, and in Advanced Life. Considered in their Physiological, Social and Psychological Relations” [Las funciones y desórdenes de los órganos reproductivos en la juventud, la edad madura y la vejez. Considerados en sus relaciones psicológicas, sociales y fisiológicas]. Publicado en 1857, el libro tuvo un éxito enorme y numerosas reediciones, con la introducción del material nuevo o modificaciones, a lo largo de los siguientes cuarenta años [...]
El libro de Acton se ocupa esencialmente de la sexualidad masculina, su argumentación principal es que la cantidad de esperma (al que se refiere como “fuerza vital”) es limitada y si se desgasta en demasÃa las enfermedades, locura, perdida de memoria y ceguera son inevitables. La “fuerza vital” que no se despilfarra pasa a ser reabsorbida por la sangre aumentando asà “hasta un punto extraordinario, las fuerzas fÃsicas y mentales”. Ataca duramente al “vicio solitario”, al “self-abuse” (abuso de si mismo) como camino directo a la muerte pero también regula las relaciones sexuales en el matrimonio. Lo ideal según Acton era “no más de una vez en cada siete o diez dias” y dos veces la misma noche para vaciar de todo los “vesÃculos seminales”. Además en las ediciones de su libro de 1857 y 1858, Acton recomendó la abolición de los azotes en el culo, una práctica común en los internados privados ingleses, o que estos se dieran en la espalda porque según el médico eran una potente causa de excitación entre los jovenes. En ediciones posteriores estas referencias desaparecerÃan sin explicación alguna.
[Respecto a las mujeres] Se da por descontado que las mujeres de clase media apenas tienen apetencias sexuales y que lo que realmente desean es que sus maridos las dejen en paz cuando no se trata explÃcitamente de querer engendrar a un niño. Acton cree que a las mujeres se les está dando demasiada educación y que, en el “estado natural”, solo aceptarÃan copular estando en celo, como las hembras del mundo animal. AsÃ, en la quinta edición de su libro (1871), escribe lo siguiente:
Yo dirÃa que a la mayorÃa de las mujeres (y es una suerte para la sociedad) apenas les molesta el deseo sexual de ningun tipo. Lo que los hombres son habitualmente, las mujeres sólo lo son de manera excepcional. Ya se que es verdad, por desgracia (lo demuestran los juicios de divorcio), que hay unas mujeres cuyos deseos sexuales son tan fuertes que sobrepasan los de los hombres, y que, en consecuencia, escandalizan al público. También soy consciente, naturalmente, de que existe una excitación sexual femenina que incluso deriva en ninfomania, forma de locura que los que solemos visitar los manicomios conocemos perfectamente; pero con estas tristes excepciones no puede haber duda de que el deseo sexual femenino, en la mayor parte de los casos, está amortiguado, y de que hace falta un estÃmulo positivo y considerable para que se excite de alguna manera; además, cuando esto ocurre (algo muchas veces imposible), es muy moderado en comparación con el del hombre.
Esta claro que para Acton la función de la mujer es tener hijos, ocuparse de la casa, ser buena compañera y, cuando hace falta, someterse a las necesidades sexuales de su marido.
De vez en cuando Acton tropieza con mujeres que discrepan de sus puntos de vista. Cierta dama de rango, por ejemplo, campeona de los derechos femeninos, le ha dicho a la cara que sólo hace el amor con su marido cuando a ella le da la gana. Acton no encuentra dificultad, claro está, en explicar tal “aberración”. Se trata de una mujer con aficiones literarias, categorÃa que detesta. Más interesadas en sà misma que en los hombres, sin idea alguna del “autosacrificio”. Acton reflexiona, con sorna, que “es poco probable que alguien quiera casarse con ellas”. Es más, tales mujeres son pobres compañeras. Los hombres, en resumen, no deberÃan casarse con mujeres de talento, de ideas. SerÃa mucho mejor que optaran por compañeras menos inteligentes que ellos, menos cultas, pero con buena disposición.
Libro:
Gibson, Ian: El erotómano. La vida secreta de Henry Spencer Ashbee
09/2/06 a las 8:51 am |
¡en fin¡TodavÃa hay quien piensa lo mismo que ese señor.
07/2/09 a las 2:47 pm |
[...] tratamiento contra la espermatorrea parecÃa ser la especialidad de un médico inglés llamado William Acton. Desarrolló un elaborado tratamiento que empieza con el cese inmediato de sexo excesivo y una dieta [...]