Las reglas del amor cortés

Según las reglas del amor cortés, el trovador se aficionaba a una mujer casada cuyo título la volvía inaccesible, tanto más por cuanto el trovador solía ser de modesta extracción social. Desde el principio, al verla u oirla, se sentía atravesado por las flechas de Cupido: era el enamoramiento, siempre provocado por los ojos o las orejas, y que en los casos de amor a distancia podía ser inspirado por una desconocida a la que nunca volvería a ver, y de la cual oía decir maravillas. A partir de entonces entraba en el joy, goce del deseo que lo elevaba con una exaltación deliciosa y desesperada a la vez. Gracias al joy estaba en la senda del bien: se convertía en un adepto del erotismo puro (fin’s amors). Profesaba a partir de entonces en el servicio amoroso, que comportaba diversos grados: el primero era el de suspirante (fenhedor), papel oscuro en el cual se contentaba con ella sin decirle nada. Luego pasaba al estado de suplicante (precador), en que declaraba su amor. La señora podía hacerse de rogar tres veces antes de responder. Si ella consentía en adoptarlo como amante defensor (entendedor) lo hacía durante el transcurso de una ceremonia íntima en la que el hombre se arrodillaba con las manos unidas y ella se inclinaba para darle un beso de confirmación.

El servicio amoroso consistía en honrar (onrar), disimular (celar) y soportar (sufrir). En principio el único favor se limitaba a la conversación particular (domnei), en la que el trovador hacía brillar el don de la palabra, esforzándose en mantener la mesura (mezura). Si la señora estaba contenta con su sirviente, segura de su discreción, le ofrecía como recompensa la contemplación de su desnudez. Lo hacía conducir en secreto a su habitación cerca de la hora de levantarse o de acostarse, y a veces en presencia de una camarera. Él asistía a un episodio de tocador que le mostraba fugazmente la desnudez de su señora. Si estando ella desnuda le concedía un beso, el no tenía derecho a devolvérselo, so pena de ruptura definitiva.

La recompensa suprema era el ensayo (asag), donde la contención del hombre se ponía a dura prueba. Había que saber si él era capaz de ese control indispensable a la cortesía. Entonces la señora invitaba al amante a compartir la cama. Allí permanecían desnudos durante toda la noche, con autorización para acariciarse pero sin llegar al hecho. En caso de que el hombre cediese a la tentación, con ello probaba que no amaba lo suficiente, y en consecuencia era rechazado, declarado indigno de fin’s amors. En caso contrario adquiriría el valor y podía esperar convertirse pronto en amante carnal (drut). La erotología cortés prescribía diferir el acto sexual durante el mayor tiempo posible porque se temía que después de ese momento acabaran las exquisitas maniobras del hombre y de la mujer que buscaban hacerse desear.

Libro:
Alexandrian: Historia de la literatura erótica

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