“Un ejemplo de la máxima extrañeza sexual entre los insectos es el del Xylocoris maculipennis, una chinche africana. Los machos poseen órganos como lanzas, con los que apuñalan y penetran el abdomen de las hembras. Este procedimiento tan drástico crea “vaginas” de facto, que en realidad no son más que heridas puntiagudas, en diferentes lugares de los cuerpos de las hembras. El esperma penetra por tales heridas y nada a través de la hemolinfa de la hembra, el fluido similar a la sangre. En su viaje, una parte llega al órgano almacenador del esperma, donde es debidamente acumulado.
(…) Las hembras han desarrollado una especie de capa especial de tejido abdominal femenino (el “órgano de Berlese”) que las ayuda a curar la herida. Posiblemente, las hembras utilizan incluso la proteÃna existente en el producto eyaculado como elemento nutritivo que las ayuda a alimentar sus huevos. Estos habitantes parasitos, chupadores de sangre, que se encuentran en los hoteles de tercera categoria, también han cambiado de otra forma las reglas del apareamiento. Utilizando esos mismos genitales en forma de flecha, la chinche africana pincha habitualmente a otros machos, inyectando su esperma a la fuerza en el abdomen de la vÃctima. Estos forzados apareamientos entre machos son, naturalmente, estériles; a primera vista, este comportamiento sexual parece gratuito en el juego darwiniano de dejar la mayor descendencia posible. Pero el esperma de la chinche, a diferencia del de los mamÃferos, puede sobrevivir durante años dentro de la hemolinfa de la vÃctima. Al mezclarse con el esperma de la vÃctima, el esperma del violador es eyaculado, como por poderes, a través del pene del otro macho. De ese modo, los genes de la chinche, al promover lo que en términos humanos serÃa una violación homosexual, se perpetuan en la siguiente generación de chinches.”
Libro:
Margulis, Lynn y Sagan, Dorion: Danza misteriosa